jueves, 15 de noviembre de 2012

Ben Gibbard en Town Hall


Hasta hace algunos meses, mi bio de Twitter decía “Creo firmemente que Seth Cohen sería mi novio perfecto”, cosa que sigo creyendo - aunque mi bio haya cambiado. Explicar quién es Seth Cohen está de más, así que solo quiero resaltar uno de los puntos por los que sé que seríamos una gran pareja: la unica persona que ama tanto a Death Cab for Cutie como yo es Seth. (Bueno, y @cahtro jaja). 

Llevo años, literalmente, esperando con todo mi corazón poder ver a Death Cab en vivo, y nunca se me ha hecho. Cuando llegué a Nueva York estaba segura de que aquí me alcanzarían un día, y al poco tiempo me enteré que iba a venir tocar Ben Gibbard, lo cual me parecio una excelente “next best thing”. Compré boleto inmediatamente.

Ben tocó el lunes pasado en Town Hall, un teatro increíble en medio de Times Square que de cierta forma me recordó al Metropolitan. De buen tamaño, en forma de media luna y con un gran balcon, excelente sonido y buena vista desde prácticamente cualquier asiento. Ahí apareció Ben, con una camisa de cuadros que confesó haber comprado especialmente para la ocasión. Y solito, acompañado nada más de una guitarra y un piano, dio uno de los conciertos más bonitos a los que he ido. 

Esperaba que el setlist incluyera en su mayoría canciones de su nuevo disco solo, Former Lives, pero para mi gratísima sorpresa, éstas pasaron a segundo plano (aunque son bastante buenas), y Ben se encargó de hacernos felices a los fans de Death Cab y The Postal Service con una gran selección de canciones de ambas bandas. Entre mis highlights estuvieron A Lack of Color, Title and Registration, Soul Meets Body (en una versión en piano que Ben admitió que era aun más dramática que la original), St. Peter’s Cathedral y el cierre con broche de oro: I Will Follow You Into the Dark.

Entre canción y canción, Ben platicó mucho con el publico, haciendo bromas muy nerds. Nos advirtió que aunque estábamos en la depresión post-Sandy iba a tocar una cancion triste (Cath), y cuando se le olvidó el final de Grapevine Fires, dejó de tocar y dijo, “I totally forgot the end”. El publico se rio y lo ayudó a terminar la canción. Resultó muy simpático el joven, y me recordó que me sigue doliendo que se haya divorciado de Zooey. 

Me gustaría tener mucho material del concierto para compartir, pero un señor de seguridad me regañó por tomar video con mi iPod, así que lo unico que les puedo ofrecer es este clip de audio que tomé a escondidas de The District Sleeps Alone Tonight, uno de los mejores momentos de la noche. 

Al dia siguiente, una de mis amigas de la escuela me preguntó: “Did you cry at the concert?”. Acepté que habia estado a punto. Esta será definitivamente es una de las noches que voy a recordar con más gusto de mi tiempo en Nueva York. Si Seth hubiera sido mi +1, también estaría de acuerdo. 






domingo, 9 de septiembre de 2012

De puente en Guanajuato




(publicada originalmente en noviembre 2010)

Parece increíble, pero a mis 26 años de vida acabo de ir por primera vez a Guanajuato. Hasta hace 3 semanas me daba pena admitir este hecho, pero con la opinión casi unánime de mis conocidos que es uno de los lugares más bonitos de todo el país, pasar el puente de noviembre ahí me pareció una gran idea. Debo aceptar que me inquietaba un poquito pasar 72 horas ininterrumpidas viajando sola con mis papás, cosa que no había hecho en casi una década, pero aun así, me emocionaba el prospecto del viaje.

Llegamos a Guanajuato después de 4 horas de carretera. Desde los primeros minutos viendo todo desde el coche me enamoré, no sólo del panorama sino también de varios turistas, hippiosos y barbuditos, que transitaban por las calles de esta ciudad que obtuvo gran parte de su riqueza y belleza gracias a la minería, lo cual se refleja en sus múltiples túneles que son parte del sistema de calles y avenidas.

Llegamos al hotel boutique Casa Mágica a dejar las maletas, y nos fuimos inmediatamente a una de las visitas obligadas de Guanajuato: el Museo de las Momias. Tras una breve introducción en video (muy poética pero sin ninguna explicación sobre lo que estábamos a punto de ver), entramos a saludar a las 52 momias, bien conservadas pero no tan tenebrosas como me esperaba. O al menos eso pensé hasta encontrarme con las momias de bebés y peor aún, la del feto que está expuesta junto a su madre, que los guías orgullosamente nombran “la momia más pequeña del mundo”. Fue ahí donde decidí que aunque efectivamente había que ponerle “palomita” al museo, no había sido una experiencia precisamente grata.

Continuamos la turisteada en el centro: la Plaza del Baratillo, la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, el Jardín Unión y el maravilloso Teatro Juárez. Construido entre 1872 y 1903, es una gran muestra de la riqueza que había en Guanajuato durante el porfiriato, época en la que fue uno de los mayores centros de la vida cultural del país. Sin duda, la elegancia y excelente estado en que está el Teatro, lo convierten en uno de los highlights para cualquier turista, cosa que comprobé al escuchar los diferentes idiomas que hablaban todos los visitantes.  Al salir, paseamos por varias tiendas en las calles de alrededor, muchas de ellas de dulces tradicionales, y terminamos el día con una cena en la Trattoria Helena en el Jardín Unión, que nos sorprendió gratamente con su cocina italiana.

El domingo no empezó muy bien. Me atacó una migraña muy fuerte y muy imprudente, así que mientras mis papás se fueron a misa en el Templo de San Diego, yo hice una visita a la Clínica Plaza Mayor (muy bonita, por cierto, ubicada en una casa grande con un patio en medio) para que me inyectaran un desinflamante potente. Aunque el enfermero no fue el más hábil y me dejó un moretón del que todavía tengo restos, la inyección me salvó de tener que pasar el resto del día encerrada en el hotel.

Ya con salud, fuimos a conocer la Alhóndiga de Granaditas y el Mercado Hidalgo, con su enorme bóveda, sus vitrales, y sus cientos de artesanías, alimentos, dulces y curiosidades.   La comida la hicimos en Las Mercedes(Calle de Arriba #6, Fracc. San Javier), delicioso restaurante de comida mexicana inspirada en las recetas familiares de los dueños. De nuestra orden resaltaron la sopa de huitlacoche, la ensalada de flor de calabaza y el mole verde, además de unos cocteles preparados con mezcal y jamaica muy refrescantes. Por decisión unánime, esta fue la mejor comida del viaje.

Esa tarde optamos por caminar sin rumbo definido, recorriendo la Plaza de la Paz, así como diferentes tiendas y edificios que nos llamaban la atención. En la noche, planeábamos ir a la “callejoneada”, siguiendo a una estudiantina por los principales callejones (valga la redundancia) con un gran grupo de turistas. Pero he de confesar lo que tal vez sea una herejía contra el turismo guanjuatense: nos rehusamos a participar. El prospecto de recorrer las calles con casi 100 personas con un recipiente con jugo de naranja no nos pareció atractivo, y decidimos callejonear por nuestro lado. Así, llegamos al famosísimo Callejón del Beso, a la Plaza de San Francisco y a la de San Roque, que fue nuestra favorita. En esta plaza se llevaron a cabo las primeras representaciones de los entremeses de Miguel Cervantes Saavedra, antecedentes de lo que ahora es el Festival Cervantino, uno de los eventos culturales más relevantes de todo el país. Tras el recorrido, cenamos enCasa Valadez, situado en la esquina del Jardín Unión, y dimos por concluido el día.

El lunes conocimos nuestra última parada turística: la Mina La Cata, para sentir por unos minutos la extrañísima sensación de lo que sería trabajar bajo tierra en condiciones nada cómodas en uno de los oficios más comunes durante muchos años en Guanajuato. Al regresar al aire libre dimos por concluido el viaje, y tomamos la carretera, dejando atrás una de las ciudades más interesantes y bonitas del país. Feliz por haber hecho mi primera visita a Guanajuato, prometí que no sería la última.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Beirut en Central Park


Desde antes de llegar a Nueva York, sabìa que una de las mayores amenazas que esta ciudad representarìa para mi cartera era su excesivamente amplia y atractiva oferta de conciertos. Todos los dìas de la semana hay por lo menos 8 eventos en vivo: desde DJs y bandas experimentales, hasta raperos o actos pop con producciones espectaculares. Claro està que por cuestiones de tiempo y dinero voy a ser muy selectiva para este tema, pero por lo pronto sè que mi primera elecciòn fue acertadìsima: Beirut en el Rumsey Playfield de Central Park.

Rodeados de àrboles y con un escenario lleno de lucecitas (“como de Navidad”, oì que comentaban atràs de mì), los integrantes de Beirut se encargaron de aprovechar el setting y dar una actuaciòn muy bonita, fluìda y emotiva. El setlist empezò con Scenic World y a partir de ahì se siguieron con lo que para mì gusto fue una muy buena selecciòn, que incluyò casi todas mis favoritas como A Sunday Smile, Nantes, Elephant Gun, Postcards from Italy, Vagabond, y Forks and Knives. Para la segunda mitad del concierto, los acompañaron en el escenario tres invitados especiales (o sea, màs trompetas) para canciones como The Penalty y Santa Fe. No se necesitaba un escenario muy vistoso ni tampoco efectos especiales de ningùn tipo. Los protagonistas aquì eran la banda y sus canciones: algunas nostàlgicas, otras alegres, pero todas interpretadas con mucho sentimiento. Ademàs con un excelente sonido en todo el venue, cosa que fue una buena sorpresa.

Como ya habìa comentado en Twitter, confirmè que el pùblico aquì es mucho màs tranquilo que el mexicano. A mì me encanta ver còmo en Mèxico la gente no para de aplaudir y gritar ante cualquier cosa que suceda, aunque por otro lado, siempre me enojo cuando le gritan a la banda por tardarse en salir, o peor aùn cuando le chiflan a la banda telonera. Efectivamente, acà son màs respetuosos en ese sentido, pero creo yo, menos apasionados. Aquì nadie le pidiò a Zach Condon que le hiciera un hijo, y eso que se lo merecìa muchìsimo. Como perfecta personificaciòn del mùsico hipster/teto/cool,  agradecìa los aplausos y se disculpaba por no ser bueno hablando en pùblico. En respuesta recibiò un “New York loves you!”, el grito màs espontàneo de la noche.

Siempre he dicho que me encantarìa tener el expertise para poder hacer “verdaderas” reseñas de conciertos, pero sòlo puedo escribir desde el punto de vista de una fan que quedò feliz despuès de 90 minutos de oìr la voz profunda de Zach y la variedad de instrumentos que aparecieron en el escenario. Y como fan, tomè un par de videos que seguramente lo explicaràn mejor que yo:




jueves, 23 de agosto de 2012

La niña que llora en el metro


Nueva York es una ciudad de primeras veces. Hay tanta gente, tantos restaurantes, tanta musica, tantas actividades, que es posible hacer algo completamente nuevo todos los dìas. Despuès de un par de semanas aquì, me parece muy lògico que Ross se ponga como propòsito de año nuevo intentar algo nuevo cada dìa (sobra la referencia pero bueno, obviamente es Friends, en el episodio The One with all the Resolutions). Por mi parte, hoy hice algo que pensè que jamàs harìa, pues protagonicè una de las escenas màs tristes que uno puede presenciar en una ciudad grande: la niña que llora en el metro.

Desde que tengo memoria, estos seres me han causado mucha intriga. Què suceso puede ser tan terrible como para que no puedan esperarse a llegar a su casa (o aunque sea al baño de la oficina) para llorar? Seguramente hay cientos de posibles respuestas a mi pregunta. Si alguien me la hubiera hecho hoy, yo hubiera contestado que una mala combinaciòn de eventos me tenìa bajoneada desde que despertè, y que cuando mi iPod decidiò poner una canciòn emotiva (damn you, Florence Welch!), no me pude aguantar. Sentada enfrente de una pareja que hacìa como que no me veìa, trataba de ser lo màs discreta posible con mi llanto en pùblico.

Tengo que aclarar que no me sucediò nada grave. Ya que pasaron varias horas y las causas de mi agobio parecen tener soluciòn, me puedo reìr de mi mini espectàculo de drama en vivo, y entender que el verdadero insight detràs de èste fue el darme cuenta que estoy viviendo oficialmente sola. Lejos y sola. Pero ya que acabò el dìa me percatè de que estaba en el error con la parte de “sola”. Ademàs de tener la suerte de contar con familia y amigos aquì, me he sorprendido mucho de la buena disposiciòn que tiene la gente de la ciudad para recibir a los nuevos como yo, y esa es una gran noticia – aunque implique practicar el arte del small talk. Supongo que el iniciar conversaciones exitosas serà parte de mi lista de cosas nuevas que hacer cada dìa.

Hasta ahora puedo decir que la lista va muy bien. Ya fui a conocer Washington Heights, aceptè una invitaciòn a un convivio de un youth group de una iglesia, y hasta me comì un Cuban sandwich (y quienes me conocen como “vegetariana de closet” sabràn lo que eso significa). Asì que el plan es seguir haciendo crecer la lista. Ross estarìa orgulloso.

martes, 14 de agosto de 2012

What came first - the music or the misery?




No se necesita ser un aficionado de la mùsica como Rob, el protagonista de High Fidelity, para sentirse identificado con èl. Todos hemos estado en su posiciòn despuès de una catàstrofe amorosa: confundidos, vulnerables, y obsesionàndonos una y otra vez con todos los detalles de la historia. Recapitulando conversaciones, cuestionando què parte fue nuestra culpa, y pasando de la depresiòn al alivio en cuestiòn de horas. Incluso es posible llevar la obesisividad a niveles tan avanzados como los de Rob: haciendo la lista de las peores 5 rupturas en nuestra historia. Y sì, se vale incluir las de los noviazgos que duraron dos dìas a los doce años.

Asì es como empieza esta novela de Nick Hornby: Rob acaba de terminar con Laura. Ella se fue del departamento y èl, por supuesto, asegura que ella no tendrà el honor de entrar su top 5 de breakups. No lo merece. Pero solamente se necesitan un par de capìtulos para que nos demos cuenta que no le creemos nada. No la està pasando bien. Y aunque a ratos se siente liberado despuès de salir de una relaciòn larga, y tiene ganas de ir a ligar y a explorar què hay allà afuera, hay otros momentos en los que no puede evitar sentir un gran cansancio ante el panorama de volver a empezar de cero en ese tortuoso proceso de salir con alguien, conocerse, y enfrentarse a un inevitable mundo de inseguridades.

Pero High Fidelity es mucho màs que otra historia de ruptura. Hay algo que la hace increìblemente divertida, y es que està empapada de mùsica de principio a fin. Como dueño de la tienda de discos Championship Vinyl, Rob es un completo freak de la mùsica, refugiàndose en ella en sus peores momentos y a la vez, cuestionàndose si la mùsica en sì es la culpable de esos ratos amargos. Lo explica perfectamente con una frase: Did I listen to pop music because I was miserable? Or was I miserable because I listened to pop music? Sin duda, estas palabras son de las màs citables y màs sabias de la novela.

La mùsica està presente en todo momento. Rob juzga a la gente por sus colecciones de discos, se emociona en exceso por la posibilidad de ligarse a una cantante country, y pasa horas haciendo infinitas listas de top 5 con Dick y Barry, sus compañeros de la tienda de discos, clasificando canciones, discos y pelìculas en todo tipo de categorìas. El hecho de que la tienda no sea precisamente la màs exitosa hace que tengan màs tiempo disponible para esta actividad, y es tambièn un motivo màs de incertidumbre para Rob, que se pregunta a sus 30-y-tantos años si esto es realmente lo que quiere hacer el resto de su vida.

La primera vez que leì este libro tenìa 20 o 21 años, y me acuerdo perfecto de cuànto lo disfrutè. Ahora que decidì volverlo a leer, lo entendì de una forma muy distinta. No nada màs influyeron un par de decepciones amorosas y los cambios en mis gustos  musicales que sucedieron en estos años, sino que tambièn tengo que aceptar que ya estoy màs cerca de la edad de Rob, lo que me hace entender e identificarme mucho màs con la incertidumbre, las dudas y con otra de mis frases favoritas del libro: We’re like Tom Hanks in Big. Little boys and girls trapped in adult bodies and forced to get on with it.

A lo largo del libro me preguntè varias veces còmo serìa Rob en el 2012, què pensarìa de la mùsica actual, o què opinarìa de mi iPod. Y esa es una de las grandes maravillas de los personajes de Nick Hornby. Aunque algunos son màs estrafalarios que otros (por ejemplo, hay quienes viven como millonarios solamente gracias a las regalìas de un one hit wonder que escribiò su papà), todos tienen cierta cualidad que los hace sentir muy reales. Quizà Rob sea uno de los personajes màs ordinarios y por lo mismo, resulta tan fàcil identificarse con èl. Y leer sus pensamientos escritos con el ingenio y humor de Hornby es inmensamente disfrutable.

En mi opiniòn muy personal, High Fidelity es una lectura obligada, no nada màs para aficionados a la mùsica, pero tambièn para quienes de pronto se dan cuenta que han crecido mucho màs de lo que quisieran aceptar.  Y sobre todo, para quienes buscan algo incansablemente y tal vez sin saberlo, ya lo encontraron.

*(Pido disculpas por los acentos al revès. Reconfiguraron mi computadora y no sè còmo resolverlo!)

domingo, 22 de julio de 2012

(Casi) Lista para el despegue


Hasta ahora, no había usado mi blog para escribir sobre cosas personales, pero en vista de que me quedan 16 días viviendo en México y el sentimentalismo se empieza a apoderar de mí, pensé en hacer un pequeño post sobre el feeling pre-partida.

Toda mi vida he cuestionado mucho esa popular frase que dice que “por algo pasan las cosas”. Cuando me pasaba algo y la gente me consolaba con esa frase, yo siempre reclamaba que era una filosofía muy chafa, una excusa para no cuestionarse las cosas. Pero tengo que aceptar que en este año he cambiado de opinión. La forma en que ha sucedido todo para que pueda irme, tanto lo que ha estado en mis manos como lo que no, me ha hecho pensar que tal vez haya algo de cierto en esa frase de “sabiduría de Sanborns”.

Todo empezó hace un año con una crisis vocacional, una sensación de que, aunque estaba muy contenta en mi trabajo, sentía que tenía que regresar a lo que mas me gustaba: quería escribir otra vez. A partir de ahí, sucedio una serie de eventos – algunos afortunados, otros no tanto – que me llevaron a donde estoy ahora: maleta casi lista, visa en camino, y haciendo todos los días algun plan de despedida.
Me he dado cuenta que no solamente las aplicaciones y los cientos de papeles y trámites fueron necesarios para que pudiera irme. También lo fueron muchos de los “no” que recibí durante estos meses. Tal vez si hubiera conseguido algunas de las cosas que quería, no hubiera seguido buscando más. Y no me hubiera dado cuenta de todas las opciones que tenía. Una de ellas, estudiar lo que quiero y en la ciudad del mundo que más me gusta.

Desde que tengo memoria he querido vivir en Nueva York, y ahora que estoy a menos de tres semanas de que sea una realidad, me cuesta más trabajo que nunca creerlo. No existe una ciudad que me parezca más emocionante, más compleja, ni más interesante que Nueva York. Estoy completamente convencida de que si quiero escribir, es el lugar ideal para hacerlo. Pero al mismo tiempo, tengo que aceptar que me siento algo nerviosa sobre lo que me espera. Vivir en una ciudad tan grande e intimidante, y estudiar junto a personas de todo el mundo, que seguramente son increíblemente talentosas, me da un poco de pánico escénico.

Es así que con un 50% de terror y 50% de emoción, doy por revivido este blog que tenía tan abandonado, y que aprovecharé para seguir narrando mis experiencias en mi nueva ubicación. Estoy segura de que tendré mucho material para escribir y tal vez más clichés por comprobar.

martes, 22 de mayo de 2012

Más cerca de lo que parece (2007)

(este es un post de antaño, publicado originalmente en 2007)

Han pasado 6 años desde la caída del WTC en Nueva York, y desde el día de la tragedia hasta hoy, se han contado miles de historias. Las víctimas, los bomberos y hasta los turistas que se salvaron de milagro, todos tienen algo que contar. Entre quienes perdieron a un ser querido el 11 de septiembre está Oskar, el protagonista de Tan fuerte, tan cerca de Jonathan Safran Foer, que a sus 9 años perdió a quien necesita más que nunca: su papá. Se fue sin despedirse, y lo único que Oskar tiene para acercarse a él, o al menos a su recuerdo, es un sobre con la palabra “Black” y una llave dentro. A partir de ese momento, tiene un solo objetivo: buscar por toda la ciudad la puerta que se abra con esa llave.

Nueva York es el escenario ideal para la búsqueda de Oskar, pues su lógica le dicta que tiene que ir a visitar a todos los Black de Manhattan, uno por uno. Así, va encontrando todo tipo de personajes, aunque quizá ninguno sea tan peculiar como él. Y es que Oskar no se parece a la mayoría de los niños de su edad. No es precisamente el más social, sabe demasiados datos, muchos de ellos bastante inútiles, y tiene miedos y hábitos extraños como provocarse moretones a propósito. Además es inventor y suele escribirles cartas a figuras prominentes como Stephen Hawking. Sin embargo, tiene formas de esquivar los obstáculos y no le tiene ningún miedo a las palabras con tal de encontrar todas las respuestas posibles.

Hay momentos en que Oskar es algo desesperante y otros en que es muy simpático e increíblemente sabio, y mientras cuenta su historia vamos conociendo la de su abuelo, quien después de un bombardeo durante su juventud en Dresden fue perdiendo las ganas de hablar, y terminó por comunicarse a través de un cuaderno. Se vuelve un silencioso cómplice de su nieto, y es la segunda de tres voces narrativas que enriquecen la novela. La tercera pertenece a quien más quiere a Oskar en todo el mundo: su abuela, que a través de cartas, también tiene bastante que decir.

Dejando a un lado las dudas y el escepticismo que envuelven al 11 de septiembre, el contenido político y las consecuencias que sigue teniendo hasta ahora, Tan Fuerte, Tan Cerca rescata un aspecto fundamental, tal vez el más doloroso y humano de todos: las pérdidas que causó a miles de individuos comunes y corrientes que desde ese día ya no tienen en su vida a una persona a la que querían. Además, nunca está de más escuchar los consejos de un niño, que nos recuerda que el camino suele ser mucho más interesante que el destino final.